Cuando se habla de restaurar ecosistemas degradados, la imagen que acude a la mente es casi siempre la misma: voluntarios plantando árboles, hileras de plantones verdes, sombra bajo copas frondosas. Sin embargo, buena parte de los territorios amenazados por la desertificación no son bosques perdidos, sino pastizales, estepas y matorrales donde la vegetación arbórea nunca fue dominante. En estos espacios abiertos, caracterizados por la escasez de agua y la alternancia de periodos secos, la solución pasa más por pastores y rebaños que por palas y semillas forestales.
Los pastizales no son tierras vacías
Durante décadas, los pastizales han sido percibidos como paisajes incompletos, ecosistemas de segunda categoría a la espera de transformarse en cultivos, plantaciones forestales o polígonos industriales. Esta visión ha llevado a políticas de conversión masiva, abandono rural o intensificación ganadera que, lejos de mejorar el territorio, han acelerado su degradación. Entre el 25 % y el 40 % de los pastizales del planeta se encuentran en algún grado de deterioro, según estimaciones de organismos internacionales especializados en suelos y biodiversidad.
Estos ecosistemas, no obstante, son mucho más que tierra cubierta de hierba seca. Albergan una biodiversidad única adaptada a condiciones extremas: desde insectos polinizadores especializados hasta aves esteparias amenazadas, pasando por mamíferos que dependen de espacios abiertos para sobrevivir. En España, por ejemplo, las estepas cerealistas y los pastizales mediterráneos acogen poblaciones de avutarda, alcaraván, sisón o aguilucho cenizo, especies en declive que no pueden reproducirse en bosques densos.
Pastoreo como herramienta de gestión ecológica
El ganado en movimiento, gestionado de forma tradicional, actúa como un regulador natural de la vegetación. Al ramonear arbustos, dispersar semillas en sus excrementos y abrir claros en la cubierta vegetal, los rebaños mantienen la heterogeneidad del paisaje y favorecen la germinación de especies que de otro modo serían desplazadas por plantas más competitivas. Este mosaico de vegetación en diferentes estados de desarrollo es esencial para la fauna y para la capacidad del suelo de retener agua.
Además, el pisoteo controlado del ganado compacta moderadamente la superficie, sellando grietas por las que se pierde humedad, mientras que sus deyecciones enriquecen el suelo con materia orgánica y nutrientes. En zonas donde el abandono ha llevado a la acumulación de biomasa seca, la presencia de herbívoros reduce el riesgo de incendios forestales al consumir combustible vegetal. Todo ello sin necesidad de maquinaria pesada, insumos químicos ni infraestructuras costosas.
El pastoreo extensivo tradicional es una de las formas más antiguas y efectivas de gestión adaptativa del territorio en ambientes semiáridos.
Recuperar saberes locales frente a soluciones genéricas
Los sistemas pastorales tradicionales acumulan siglos de conocimiento empírico sobre cuándo mover el ganado, qué zonas deben descansar, cómo alternar pastoreo con periodos de recuperación y qué densidades de animales son sostenibles en cada época del año. Este conocimiento, transmitido de generación en generación, representa una tecnología de gestión ecológica más sofisticada que muchas intervenciones técnicas diseñadas desde el laboratorio.
Sin embargo, la despoblación rural, el envejecimiento de la población ganadera y la falta de relevo generacional están llevando a la pérdida de estos saberes. En España, el número de explotaciones de ovino y caprino en extensivo ha caído más de un 50 % en las últimas tres décadas. Con cada pastor que cuelga el cayado, desaparece también un depósito de conocimiento sobre el territorio que ninguna base de datos ni algoritmo puede sustituir.
Pastizales, carbono y regulación climática
Aunque menos evidentes que los bosques como sumideros de carbono, los pastizales almacenan cantidades significativas de carbono en sus suelos, donde puede permanecer estable durante siglos si el ecosistema no se altera. A diferencia de la vegetación arbórea, donde la mayor parte del carbono se concentra en la biomasa aérea susceptible de arder o degradarse, en los pastizales el carbono orgánico se acumula bajo tierra, en formas más resistentes a la descomposición.
Además, estos ecosistemas regulan el ciclo hidrológico en zonas de escasas precipitaciones. La cubierta vegetal discontinua, combinada con el pisoteo del ganado, favorece la infiltración del agua de lluvia y recarga los acuíferos subterráneos. En épocas de sequía, esta capacidad de almacenamiento es vital para mantener arroyos, manantiales y pozos que abastecen tanto a la fauna como a las comunidades humanas.
| Función ecológica | Pastizales bien gestionados | Pastizales abandonados |
|---|---|---|
| Biodiversidad | Alta diversidad de plantas y fauna esteparia | Homogeneización, pérdida de especies |
| Riesgo de incendios | Bajo por eliminación de biomasa seca | Alto por acumulación de combustible |
| Secuestro de carbono | Estable en suelos profundos | Pérdida por erosión y degradación |
| Infiltración de agua | Buena, mantiene acuíferos | Reducida, mayor escorrentía |
Políticas públicas y el futuro de los pastizales
La restauración de pastizales requiere un cambio de paradigma en las políticas ambientales y agrarias. En lugar de medir el éxito únicamente por el número de árboles plantados, es necesario reconocer el valor de mantener ecosistemas abiertos mediante prácticas ganaderas sostenibles. Esto implica apoyar económicamente a los ganaderos extensivos, facilitar el acceso a pastos comunales, regular cargas ganaderas adecuadas y promover la comercialización de productos procedentes de sistemas pastorales de calidad.
Iniciativas como el pago por servicios ambientales, que remuneran a los ganaderos por mantener la biodiversidad, prevenir incendios o conservar suelos, están demostrando ser eficaces en diversos territorios. Del mismo modo, el etiquetado de productos cárnicos y lácteos procedentes de pastoreo extensivo permite a los consumidores tomar decisiones informadas y valorar el trabajo de quienes cuidan el territorio.
Restaurar sin plantar: una visión renovada
Restaurar la naturaleza no es sinónimo de forestar. En muchos paisajes secos, la mejor intervención es la que permite que los procesos ecológicos naturales, regulados por el pastoreo, vuelvan a operar. Esto puede significar reintroducir ganado en zonas abandonadas, recuperar vías pecuarias históricas, formar nuevos pastores o simplemente dejar que quienes llevan décadas cuidando el territorio continúen haciéndolo con el reconocimiento y el respaldo que merecen.
En un contexto de crisis climática, sequías recurrentes y pérdida acelerada de biodiversidad, mirar hacia los pastizales y sus guardianes no es nostalgia: es una estrategia de futuro. Los paisajes abiertos, el ganado en movimiento y el conocimiento tradicional son tecnologías probadas para mantener la vida en territorios donde el agua escasea y la adversidad es norma. Reconocer su valor, respetar a quienes los sostienen y restaurar aquellos degradados es, quizá, la forma más sensata de luchar contra la desertificación.
Esta información no sustituye el consejo de profesionales cualificados en gestión ambiental, ordenación del territorio o asesoramiento agronómico.
